Eran las cuatro de la mañana, el viento
soplando suavemente, acariciando el césped y las hojas colgando frágilmente de
las ramas de los árboles, a un bufido de precipitarse al vacío sin final.
Se encontraba acostado, tapado
hasta la nariz con sus viejas frazadas, sus pestañas temblando de vez en
cuando, sus sueños persiguiéndolo sin cesar. Roncaba casi silenciosamente, lo
único que se escuchaba alrededor de la casa era su respiración espástica.
Y los ojos estaban fijos en él.
Los ojos se encontraban abiertos
de par en par, brillando rojos y fluorescentes en la oscuridad. Eran curiosos,
y seguían cada ínfimo movimiento que él hacía.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué lo
hacía? ¿Por qué solamente lo observaba dormir, enterrado en las playas arenosas
de la tranquilidad? No lo sabía.
Su boca se encontraba apenas
abierta, un espacio infinito pero casi inexistente separando su labio superior
del inferior. Se sonreía de vez en cuando, encantada con las reacciones
infantiles que le provocaban sus pesadillas.
Y entonces él comenzó a sollozar,
temblando sin parar, sus cejas arqueadas sobre sus hermosos ojos avellana, sus
labios trepidando y soltando quejidos casi inaudibles.
Se levantó, intrigada, caminando
en puntas de pie; sus brazos cubiertos de luz de luna y polvo, intentando
alcanzarlo, tocarlo.
Pero se despertó, atemorizado y
jadeando.
Y conoció esos ojos, relojeó esos
dedos negros estirándose en su dirección. Intento sentir esa figura misteriosa.
Pero ella se convirtió en polvo de nuevo, como lo había hecho todas las noches
anteriores. Y el suspiró tristemente, como se había acostumbrado a hacerlo.
Y dispersa por toda la
habitación, en cada rincón, cada mueble; lo continuó observando, siempre
preguntándose qué pasaría si algún día el llegara a sentir su caricia.
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