Aproximadamente a las 4 p.m de una tarde soleada en un pequeño pueblo rural del estado de Colorado las cámaras comienzan a rodar. Rodar, como lo han estado haciendo desde hace meses, sus lentes captando miles y miles de segundos planeados específicamente. Los tráilers se encuentran aparcados al costado de la carretera la cual, para el disgusto de los pocos habitantes del lugar, había sido cerrada para no interferir con la filmación.
Las manos de todos alzadas en el aire, como un pequeño toldo recubriéndoles del devastador sol y el polvo arenoso que se levanta con hasta cada ínfimo soplo de viento.
En frente de los reflectores, con todo el equipo observándolos metódicamente, aguardando la orden del director, los actores se yerguen decididos, aunque muchos jurarían que de la boca del galán supremo de Hollywood, y uno de los actores mejores pagos del mundo, surge el amargo aroma del whisky mezclado con tabaco y quién sabe más qué. La delicada y hermosa estrella en ascenso del momento se encuentra a su lado, con un tic nervioso en su ojo derecho que empeora al pasar de cada momento, a causa del estrés del plató.
“Acción” exclama el director, sentado en una incómoda silla con su nombre plasmado en la espalda.
Y todo se transforma, el tic desaparece y la joven al borde del colapso se convierte en una inocente chica de Kansas que sueña con poder escapar de su pequeña ciudad; mientras que el hombre aún padeciendo una vil resaca se transforma en su novio, un simple obrero rural, que le ruega quedarse.
Comienzan a discutir y a forcejear, hasta que la joven queda al borde de las lágrimas y comienza a temblar.
“Esta pequeña ciudad es mi mundo entero, es fascinante y hermosa, pero solo si tú estás aquí”. El director modula a la par de los labios del hombre, ya sabiéndose las palabras de memoria, las oraciones que el mismo había escrito y los personajes que ideó, tanto tiempo atrás.
Sus ojos vidriosos observan desde su banquillo como los labios se encuentran, como los cuerpos se rozan, como las manos acarician. Su corazón late lentamente, aunque él ni sepa que sigue teniendo uno. Su mente pondera vacilante cuando fue la última vez que alguien lo besó por querer hacerlo, por amor o por impulso. No conoce la respuesta. Entrelaza sus manos disimuladamente por encima de su regazo y comienza a recorrer el dorso de una mano con la punta de sus dedos, imaginando que alguien más lo hace. Un escalofrío recorre su espalda, por debajo de la acalorada camisa de mezclilla que tanto se arrepiente de haber elegido hoy.
“Corte. Tomen un descanso”
Ella tiembla nuevamente, sus pies apresurados corriendo torpemente hacia su remolque, la puerta cerrándose abruptamente. Él exhala fastidiado, dirigiéndose inmediatamente hacia la mesa en el extremo opuesto de las cámaras, donde descansa una botella del whisky más caro que los pobres muchachos habían podido encontrar en este estado. Las voces comienzan a alzarse nuevamente, conversaciones triviales que se mezclan con la brisa del desierto y se pierden en algún rincón, bajo una roca o sobre un puñado de tierra.
El director se levanta de su lugar y recorre con pies tan pesados como un yunque el costado de la carretera, su mente trabajando incesablemente como los engranajes de un reloj suizo. Su vida era una ironía, como una historia cursi escrita mediocremente. Miles habían pagado para ver sus películas, oír sus historias, suspirar soñadoramente con cada beso, cada abrazo. Sin embargo, él fracasaba al intentar amar a alguien, o aún peor, ser amado. Su mente elaboraba deliciosos entramados que el nunca lograría protagonizar.
Es experto en un tema del que no conoce absolutamente nada. Galardones adornan sus estantes, premios ganados por relatar y mostrar historias y experiencias de las que él conoce absolutamente nada. Este pensamiento lo asusta por un instante. Por décadas ha dado instrucciones a actores: “abrázala un poco más fuerte”, “quiero que lo mires a los ojos cuando dices eso”, “deben reírse un poco más fuerte cuando se encuentran”; oraciones completamente infundadas y vacías, como si un niño de preescolar le indicara a un cirujano como realizar una operación a corazón abierto.
El polvo deja una mancha en sus nuevos zapatos a cada paso que da. A pesar de que lo nota, no se preocupa demasiado. Por un momento recuerda viejas cicatrices de un amor ya enterrado en el tiempo, un beso en la mejilla, el calor de un abrazo y una risa nerviosa. Una lágrima inunda su vista y él la deja caer al vacío, hasta empapar aunque sea un poquito el árido suelo que lo rodea.
No hay nada que pueda hacer ya, siente la mirada de todos en su nuca y finalmente el calor de aquel día radiante comienza a pesar sobre todo su cuerpo. Se avergüenza de sí mismo, de su hipocresía, sus obras, su llanto, sus asquerosos zapatos polvorientos y de la película de mierda que está rodando. Un impulso se apodera de él, un pensamiento furtivo, la imagen de un arma, o unas píldoras, o una navaja, y su cara palideciendo y sus manos cediendo y su maldito oscar en venta en ebay. Y la voz distante de una mujer diciendo “te amo” y un beso, y sexo apasionado en una cama de un hotel maltrecho y la mañana siguiente y un vacío en la cama y unos billetes faltantes en su billetera.
“Ya pasaron los 5 minutos” grita alguien en la distancia.
Las criaturas salen de sus escondites y las conversaciones se acallan nuevamente. Se da la vuelta y con la frente en alto y el semblante calmo, vuelve a sentarse.
Baja la botella de whisky.
Cierra la puerta temblorosa.
Se sienta con pesar en su exclusiva silla.
Y las luces se encienden.
Y las cámaras ruedan.
“¡Acción!”
Y mientras el mundo vuelve a enfocar sus ojos en la pareja, sus fantasmas se elevan y como el polvo del desierto se vuelven invisibles de nuevo.
Y nadie se pregunta qué pasa por su mente.
<15/1/2017, Mar del Plata>