Sabe
que no está bien, pero ha llegado a un punto en el que ya no se puede
controlar. Todo comenzó cuando tenía apenas 14 años. Una tarde ventosa de
domingo en su hogar, sola y con la tele encendida para sentirse acompañada
dentro de su departamento. Un típico paisaje bonaerense: un poco de café, un
libro de Julio Cortázar y el zumbido imparable de los miles de autos paseando
fuera de su ventana-
Pero entonces un pensamiento, un
impulso inundó su mente. Recordó un campo, simplemente un enorme y vacío
espacio entre dos montes, en Córdoba. Recordaba estar ahí con su padre, cuando
a él todavía parecía importarle. La fresca y gentil brisa acariciaba su
cabello, se reía tan fuerte que le dolía la panza y sus vaqueros quedaron todos
verdes por gatear sobre el pasto.
Cerró los ojos, acurrucada en su
futón favorito. Se olvidó de las bocinas de los autos, de su café enfriándose,
del libro escapando de sus dedos. Olía el pasto; oía el soplido del viento y
sentía la tierra entre sus dedos. Cuando abrió los ojos se encontraba a miles
de kilómetros de su hogar, recostada en el mismo lugar en el que su papá y ella
se habían aventurado hace ya tantos años.
Recuerda sentirse tan poderosa.
Y ahora, casi cinco años después,
ha visitado cada lugar que es capaz de imaginar. Ha disfrutado interminables
caminatas por calles Indias; ha probado más de mil tazas de café junto al Sena
en Francia. Y a pesar de que se había jurado conocer un lugar nuevo cada mes,
parece estar estancada.
Siente su juventud desgastándose,
un alma perdida que lleva una eternidad vagando la tierra, buscando algo a lo
que aferrarse. Simplemente no sabe a qué.
Y se siente avergonzada, oh, cuán
avergonzada la hacen sentir sus acciones. Su búsqueda de inspiración, su
necesidad de escribir sobre nuevas experiencias había estado funcionando
bastante bien como una excusa para sus viajes. Pero no puede seguir mintiéndose
a sí misma.
Sabe por qué lo hace.
Sabe por qué siempre aparece al
mismo tiempo, en el mismo banco, en el mismo rincón del Central Park todos los
domingos. Y sabe que lleva su anotador sin razón alguna, porque no desea
escribir para nada, no hasta llegar a casa. Y sabe cada palabra de cada canción
que él toca, y sabe en qué orden lo hace.
Y sabe que está mal.
Pero no puede evitar mirarlo con
ojitos tristes y sentir como su mundo se derrumba cada maldita vez. Se lo queda mirando en silencio, a veces
tarareando las canciones en un susurro, tratando de mezclarse con los turistas
y neoyorquinos. Ama sus ojos, ama la manera en la que muerde suavemente su
labio inferior cuando toca la guitarra, ama la manera en la que tan rápida pero
gentilmente sus dedos hacen vibrar las cuerdas.
No sabe si él siquiera la nota,
si ve que la misma extraña aparece todas las semanas tan solo para verlo tocar;
que se pasa horas maquillándose por si acaso el posa su mirada sobre ella
apenas por un segundo; que se pinta las uñas simplemente para que su mano se
vea delicada cuando arroja unas monedas dentro de su sombrero.
Y él es una fuente inagotable de
inspiración para ella. Podría escribir una novela entera solamente porque le
dedicó una sonrisa a una pequeñita, o porque se olvidó la letra de una canción
y comenzó a soltar risitas como un niño hace dos fines de semana.
Y no se lo puede sacar de la
mente. Se pregunta cuál es su nombre, qué hace para divertirse, cuál es su trabajo,
cuál es su historia.
Pero no puede preguntarle, no
puede permitirse perturbar su aura de pura tranquilidad y perfección, no puede
hacerlo sentir incómodo. No podría soportar ser rechazada por un ser humano tan
extraordinario.
Y hoy es otro domingo como todos
los demás, otra chance para verlo, para escucharlo. Se prepara y se lanza a ese
futón favorito, que poco a poco se transforma en una banca algo torcida en el
lado oeste del Central Park.
Pero él no está ahí.
No está tocando, ni cantando.
Está sola.
Mira a su alrededor y decide
esperar un poco. Quizá simplemente esté llegando tarde.
Un minuto.
Cinco minutos.
Veinte minutos.
Suspira y se rinde, parándose con
su anotador en mano, y comienza a caminar junto a los turistas. La nieve cubre
todo con su manto blanco, todo brillando bajo la luz del sol, como si estuviera
hecho de plata.
Y entonces alguien se tropieza
con ella violentamente, y continúa corriendo. Se da vuelta y le dirige una
mirada asesina a aquel molesto extraño, quién hace exactamente lo mismo.
“Ey,… sos la chica que aparece
por acá cada domingo” el muchacho masculla, con una sonrisa genuina.
“Sí…” responde, intentando que su
Inglés suene tan convencible como pueda ser posible “pensé que hoy la función
se había cancelado”.
El joven suelta una risita y
continúa caminando hacia el lugar de siempre.
“¿Venís o no?”
Ella asiente, sintiendo su cuerpo
volviéndose cada vez más y más cálido a pesar de la congelada brisa que golpea
sus mejillas.
Cierra sus ojos por un segundo, y
cuando los vuelve a abrir se encuentra recostada en su futón favorito, en su
departamento, con las bocinas de los autos de fondo, su café arruinado y su
libro aplastado contra el piso de madera.
“Hola, mi amor” su madre la
saluda mientras entra en la habitación, haciendo malabares con su cartera y las
bolsas del supermercado “… es un domingo hermoso, ¿viste?”
Y ella sonríe, recordando las
tazas de café que había fingido beber junto al Sena, y las caminatas por los
mercados en la India, y todas las canciones que creía haber oído.
“Sí…” siente su estómago
burbujeando, su mente hirviendo y su corazón latiendo violentamente contra su
pequeño pecho “…es un domingo precioso”.
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