sábado, 11 de marzo de 2017

Domingo a la tarde

 Sabe que no está bien, pero ha llegado a un punto en el que ya no se puede controlar. Todo comenzó cuando tenía apenas 14 años. Una tarde ventosa de domingo en su hogar, sola y con la tele encendida para sentirse acompañada dentro de su departamento. Un típico paisaje bonaerense: un poco de café, un libro de Julio Cortázar y el zumbido imparable de los miles de autos paseando fuera de su ventana-
Pero entonces un pensamiento, un impulso inundó su mente. Recordó un campo, simplemente un enorme y vacío espacio entre dos montes, en Córdoba. Recordaba estar ahí con su padre, cuando a él todavía parecía importarle. La fresca y gentil brisa acariciaba su cabello, se reía tan fuerte que le dolía la panza y sus vaqueros quedaron todos verdes por gatear sobre el pasto.
Cerró los ojos, acurrucada en su futón favorito. Se olvidó de las bocinas de los autos, de su café enfriándose, del libro escapando de sus dedos. Olía el pasto; oía el soplido del viento y sentía la tierra entre sus dedos. Cuando abrió los ojos se encontraba a miles de kilómetros de su hogar, recostada en el mismo lugar en el que su papá y ella se habían aventurado hace ya tantos años.
Recuerda sentirse tan poderosa.
Y ahora, casi cinco años después, ha visitado cada lugar que es capaz de imaginar. Ha disfrutado interminables caminatas por calles Indias; ha probado más de mil tazas de café junto al Sena en Francia. Y a pesar de que se había jurado conocer un lugar nuevo cada mes, parece estar estancada.
Siente su juventud desgastándose, un alma perdida que lleva una eternidad vagando la tierra, buscando algo a lo que aferrarse. Simplemente no sabe a qué.
Y se siente avergonzada, oh, cuán avergonzada la hacen sentir sus acciones. Su búsqueda de inspiración, su necesidad de escribir sobre nuevas experiencias había estado funcionando bastante bien como una excusa para sus viajes. Pero no puede seguir mintiéndose a sí misma.
Sabe por qué lo hace.
Sabe por qué siempre aparece al mismo tiempo, en el mismo banco, en el mismo rincón del Central Park todos los domingos. Y sabe que lleva su anotador sin razón alguna, porque no desea escribir para nada, no hasta llegar a casa. Y sabe cada palabra de cada canción que él toca, y sabe en qué orden lo hace.
Y sabe que está mal.
Pero no puede evitar mirarlo con ojitos tristes y sentir como su mundo se derrumba cada maldita vez.  Se lo queda mirando en silencio, a veces tarareando las canciones en un susurro, tratando de mezclarse con los turistas y neoyorquinos. Ama sus ojos, ama la manera en la que muerde suavemente su labio inferior cuando toca la guitarra, ama la manera en la que tan rápida pero gentilmente sus dedos hacen vibrar las cuerdas.
No sabe si él siquiera la nota, si ve que la misma extraña aparece todas las semanas tan solo para verlo tocar; que se pasa horas maquillándose por si acaso el posa su mirada sobre ella apenas por un segundo; que se pinta las uñas simplemente para que su mano se vea delicada cuando arroja unas monedas dentro de su sombrero.
Y él es una fuente inagotable de inspiración para ella. Podría escribir una novela entera solamente porque le dedicó una sonrisa a una pequeñita, o porque se olvidó la letra de una canción y comenzó a soltar risitas como un niño hace dos fines de semana.
Y no se lo puede sacar de la mente. Se pregunta cuál es su nombre, qué hace para divertirse, cuál es su trabajo, cuál es su historia.
Pero no puede preguntarle, no puede permitirse perturbar su aura de pura tranquilidad y perfección, no puede hacerlo sentir incómodo. No podría soportar ser rechazada por un ser humano tan extraordinario.
Y hoy es otro domingo como todos los demás, otra chance para verlo, para escucharlo. Se prepara y se lanza a ese futón favorito, que poco a poco se transforma en una banca algo torcida en el lado oeste del Central Park.
Pero él no está ahí.
No está tocando, ni cantando.
Está sola.
Mira a su alrededor y decide esperar un poco. Quizá simplemente esté llegando tarde.
Un minuto.
Cinco minutos.
Veinte minutos.
Suspira y se rinde, parándose con su anotador en mano, y comienza a caminar junto a los turistas. La nieve cubre todo con su manto blanco, todo brillando bajo la luz del sol, como si estuviera hecho de plata.
Y entonces alguien se tropieza con ella violentamente, y continúa corriendo. Se da vuelta y le dirige una mirada asesina a aquel molesto extraño, quién hace exactamente lo mismo.
“Ey,… sos la chica que aparece por acá cada domingo” el muchacho masculla, con una sonrisa genuina.
“Sí…” responde, intentando que su Inglés suene tan convencible como pueda ser posible “pensé que hoy la función se había cancelado”.
El joven suelta una risita y continúa caminando hacia el lugar de siempre.
“¿Venís o no?”
Ella asiente, sintiendo su cuerpo volviéndose cada vez más y más cálido a pesar de la congelada brisa que golpea sus mejillas.
Cierra sus ojos por un segundo, y cuando los vuelve a abrir se encuentra recostada en su futón favorito, en su departamento, con las bocinas de los autos de fondo, su café arruinado y su libro aplastado contra el piso de madera.
“Hola, mi amor” su madre la saluda mientras entra en la habitación, haciendo malabares con su cartera y las bolsas del supermercado “… es un domingo hermoso, ¿viste?”
Y ella sonríe, recordando las tazas de café que había fingido beber junto al Sena, y las caminatas por los mercados en la India, y todas las canciones que creía haber oído.
“Sí…” siente su estómago burbujeando, su mente hirviendo y su corazón latiendo violentamente contra su pequeño pecho “…es un domingo precioso”.  


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