martes, 29 de diciembre de 2015

Sin título

El viento sopla chirreando sobre una montaña de cartón
Respiro hondo, cuento hasta tres, y me adentro en la oscuridad
Un clima lúgubre y cansino inunda la habitación
Enmudezco ante tan tempestuosa deidad




Tendida sobre la cama se encuentra la muerte
Personificada en esa persona que tanto amé
Me mira a los ojos, tentativa e inerte
No sabe quién soy ni por qué la vine a ver




Abre la boca y, vacilante, pronuncia un nombre que no es mío
Una niebla me rodea y ahogada en su bruma perezco
Se desliza fuera de este mundo como las aguas de un río
Sus cauces plateadas lo arropan suavemente como un beso

lunes, 28 de diciembre de 2015

Alicia

El alba pinta con su sonrojada paleta de colores el cielo de Abril, el viento frío forma pequeños torbellinos de basura y hojas acumuladas de la noche anterior. La ciudad de Buenos Aires despierta poco a poco, los pájaros siendo los primeros en comenzar su rutina, gorjeando alegremente, al escudriñar las calles y las grietas entre el pavimento en busca de alimento.
En un orfanato suena un viejo y oxidado despertador que solía ser de un plateado brillante. Nadie se despierta a apagarlo, ya que nadie durmió la noche anterior. Los ojitos perplejos y soñolientos de los niños observan el unísono, con el monótono ringring del reloj viajando de un oído a otro, sin ser realmente escuchado por nadie.
Después de aproximadamente quince minutos, una adolescente que solía ser una niña alegre arrastra los pies hasta llegar a la mesita de madera en la que la insolente e innecesaria campanilla sonaba. Era como si solamente ayer ella siguiera siendo una niña perdida, por siempre infantil, vital y joven, y esta mañana, al oír el tictac del reloj del cocodrilo, el tiempo volviera a correr y la convirtiera en alguien totalmente diferente. Después de apagarla, se bambolea sin esfuerzo alguno a través del dormitorio lleno de niños que no hacen más que mirarla, se oye que uno de ellos comienza a sollozar levemente. Sin voltearse, la joven se sienta en su cama, junto a ella se encuentra una maleta vacía.
¿Qué llevarse de ese lugar además de recuerdos y anécdotas? ¿Además de la permanente angustia de dejar el sitio donde creció? ¿Se llevaría los garabatos y cartas mal redactadas de despedida, o acaso sería demasiado doloroso? ¿Un par de medias roídas y sus zaparrastrosas prendas serían algo digno de usar al ser miembro de una familia normal?
Oscila por un momento, sosteniendo la tapa de la valija con ambas manos, finalmente la cierra, completamente vacía. Quiere llorar, pero no puede. Aún esconde la esperanza de que ellos al llegar, al mirarla, den marcha atrás. Observa la cabecera de su cama, donde había grabado con un cuchillo su nombre. “Alicia”. ¿Qué sería de esa cama ahora? ¿Llegaría una nueva Alicia a suplirla o simplemente la tirarían? Tantas preguntas hay en su cabeza, moviéndose en una danza infinita, entrelazándose las unas con las otras.
Los niños observan a su referente desmoronarse poco a poco, la mayor, la más fuerte estaba ahora balanceándose en la cuerda floja cuando toda su vida había sido una perfecta equilibrista.
Entonces entra Inés, la encargada.
—Dale, Alicia, vení para acá que te tengo que peinar bien, che —la mujer está impregnada con el olor de la suciedad y el alcohol.
Alicia no abre su boca en ningún momento, se limita a levantar y dejar caer su cabeza vagamente, en un intento de asentir. Acto seguido, se para y se yergue, tratando de fingir completa compostura. Los niños, que no dejaron de mirarla un solo segundo, tampoco dicen nada, un par sigue llorando tenuemente, con los ruiditos del hipo y los sollozos combinándose en una sinfonía realmente lúgubre.
Alicia sigue a Inés por un largo pasillo, hasta llegar al baño, donde la espera un banquito. Inés, con poco cuidado le da una palmada en la espalda una vez que la jovencita se sienta. Comienza a manosearle el pelo y a desenredárselo, se lo moja un poco, solamente para que sus rizos se marquen, le hace un rodete y deja un largo mechón ondulado colgar al costado derecho de la cara. Satisfecha, asiente y le dice que puede volver.
Al entrar de nuevo a la habitación, un niño la espera al umbral de la puerta. Quiere hablarle. Alicia se arrodilla para quedar a su altura:
—¿A-adónde te vas, Alicia? — tartamudea el pequeño.
Después de meditar la respuesta unos minutos, responde, cuidadosamente:
—¿Te acordás del libro que les leí la semana pasada? — el pequeño asiente— ¿Te acordás que Alicia perseguía al conejo hasta llegar al País de las Maravillas?
—¡Sí! — corean todos los niños de la habitación, que los estaban oyendo a ambos. Alicia se sienta en su cama y la rodean. Era hora del cuento, como todos los días.
—Yo también me voy al País de las maravillas, uno un poco diferente al del cuento. Estoy persiguiendo al conejo blanco desde que respiré por primera vez, y ahora es mi turno de salir en su búsqueda —la oyen obnubilados, Alicia era esa clase de persona cuya voz rodeaba a todos como una cálida manta, que los protegía de todo mal mientras siguiera pronunciando palabras y contando aventuras—. Habrá orugas en mi camino, orugas sabias que me van a ayudar a verlo todo de una manera diferente. Va a haber sombrereros y liebres que me inviten a su locura del té, puede que nunca me aleje de ella, o puede que sí. Va a ver gatos sonrientes que me ayuden, y quizá desaparezcan después de un tiempo y den lugar a otros, o se queden para siempre —la idea del jocoso gato le sacó una sonrisa a más de uno- .Y les aseguró que habrá Reinas Rojas, pero las venceré. Y después de haber pasado por todo, atraparé al conejo.
—¿Y entonces? — preguntan las vocecitas, monocordemente.
—Colorín colorado— los niños sonríen.
Después de haberse oído a si misma explicar la situación, no se siente tan terrible e incluso se alegra un poquito.
Alicia decide guardar las cartas y dibujos que los niños le habían hecho. Ya son las diez de la mañana, y algo le dice que el conejo está a punto de salir de su escondite en el orfanato y correr, atravesar las puertas. Tiene miedo, tiene expectativa. ¿Lo atraparía rápido o tardaría décadas? ¿Semanas o años? Alguna gente espera que la búsqueda dure lo máximo posible. A Alicia le daba igual, de todas maneras, todos lo agarraremos un día u otro.
Escucha a Inés hablar con dos personas y comienza a oír al conejo correr. Conoce a dos extraños que ahora serán sus padres, se despide de cada uno de sus discípulos con un beso en la frente y les reparte a los que ya saben leer los libros que posee.
El pomillo de la puerta gira y la luz del sol le pega en los ojos, cegándola momentáneamente. El conejo huye despavorido y toma un rumbo desconocido entre los autos, los teatros, los colegios, las casas de Buenos Aires.
Un pequeño se le acerca y pregunta:
— ¿Colorín colorado?
—No,… había una vez.